04 enero 2011

Sin nosotros...


En ocasiones, los comportamientos que podemos contemplar en la naturaleza, tienen una similitud casi exacta metafóricamente con lo que puede uno observar dentro de sí mismo.
Hace unos meses se solaparon casi en el tiempo un documental y un reportaje en un semanal de prensa, y hace unos días, la visita a un sitio que hace muchos años tuvo importancia para mí, acabó haciéndome hilar esa especie de intrahistoria que podría unir las tres cosas.

El documental, tenía como tema fundamental contemplar qué ocurriría en la tierra si de repente desapareciesen todos los seres humanos (su título en castellano era "La vida sin nosotros" , para ver el primer capítulo, aquí). Recorre, desde el imaginado momento cero de desaparición del ser humano lo que va ocurriendo con las ciudades, edificios, aceras, centrales...todo ello desarrollado digitalmente, de modo que podemos ver cómo sería esa depauperación de los edificios, cómo se simula el resquebrajamiento de cristales, el crecimiento de la hierba en mitad de las grandes avenidas de un ciudad enorme, el incendio incontrolado de edificios debido a cortocircuitos por las instalaciones defectuosas o escapes de gas y explosiones, tuberías de agua que revientan por el frío y anegan plantas de viviendas u oficinas, aceras, túneles del metro, monstruos de acero y asfalto que son actualmente las autopistas que rodean las megaciudades, que se van resquebrajando hasta combarse y partirse y deshacerse, animales que poco a poco van entrando en las calles, que con el paso del tiempo, casi ni se pueden reconocer como tales, y acaban adueñándose de ese espacio de nuevo.
El documental sigue, año a año, desde ese momento cero comentado, cómo se puede deducir que evolucionarían los paisajes, terrenos, y miles de elementos más que constituyen ahora mismo nuestro "terreno", como seres humanos, dentro de cualquier ciudad.

El reportaje del semanal de El País, trataba sobre las diferentes corrientes que se suceden a lo largo del planeta de personas que visitan y documentan, antes y después, lugares que en algún momento del pasado fueron sitios que cumplían una misión, y por distintas razones fueron abandonados. Se recorren, de la mano de seis autores distintos, varios grupos de Internet, que tienen como esencia fundamental visitar y fotografiar lugares abandonados, hospitales, estaciones, hangares, sanatorios, incluso iglesias, o edificios y naves relacionadas de una u otra manera con la segunda guerra mundial, y se describe, con cierta superficialidad, algunas de las normas que tácitamente, todas las personas que dedican tiempo y esfuerzo a esta actividad, cumplen cuando visitan estos lugares, como dejar al máximo inalterado el sitio que se visita, no forzar ventanas ni cerraduras para entrar, o documentarse completamente para conocer realmente el lugar que se visita, y sobre todo, salvo que sea un lugar demasiado conocido, no dar demasiadas pistas de dónde se encuentra, para, en la medida de lo posible, mantener del mismo modo dicho sitio. Personalmente, la esencia de la actividad me resulta apasionante, ese "juego" extraño que se ejecuta entre alguien que visita un lugar que está completamente deshabitado y en su mayor parte casi desvencijado por completo, pero que mantiene detalles casi terroríficos de lo que una vez fue, de la vida que contenía. Entre las fotografías se pueden ver detalles de sanatorios, estaciones, fábricas...donde encuentras un tenedor sucio y doblado, una carta de naipes, un armario todavía con algunos vasos llenos de polvo pero que casi anuncian la espera para volver a ser utilizados, o quizá el recuerdo de la última vez que fueron lavados y puestos ahí con la desconocida idea de que no volverían a usarse, aunque en ese momento probablemente quien los colocó ahí no lo sabía o sospechaba. Para leer el artículo, aquí.



De una u otra manera, tácita o conscientemente, nos sigue resultando misterioso y atractivo el concepto teórico de qué ocurre en un lugar determinado cuando no estamos presentes. Ya desde pequeños, esos días en que un constipado o algo venial nos impedía ir a clase, suponía para nosotros una sorpresa horrible al descubrir, al día siguiente, que las cosas habían sucedido de manera normal aún sin que nosotros estuviésemos presentes, mientras nosotros pasábamos el día en la excepción casi brillante de un ambulatorio, un cuidado más cercano del habitual de nuestras madres, y esa sensación casi de absurda rebeldía renovada y permitida, de caminar por las aceras a unas horas que no conocíamos, en mitad de la mañana.

Del mismo modo, encontrarnos con un amigo, una antigua novia o alguien que fue extremadamente cercano durante un tiempo medido y concreto, que desde el ahora, ya podemos definir exactamente cuánto duró, nos puede resultar misterioso y atractivo ser capaces de abstraernos levemente de su presencia durante unos minutos para simular esa sensación algo acartonada al principio, pero plena si se la deja crecer unos minutos, en que somos capaces de volver a reconocer ese desconcierto de lo que ha sido el mundo en el que no estábamos nosotros y al que creímos permanecer casi con una vocación ingenuamente duradera. Sólo se necesitan unos pocos minutos, para reencontrarse con la misma delicada nube de humo entre los dedos en que parecimos extrañamente neutros en un entorno al que creímos inmutable e inamovible si no era con nosotros dentro. A veces, incluso, cuando se deja correr la madrugada lo suficiente, eres capaz de escucharla en un susrro casi cuando está a punto de desaparecer a la vuelta de la esquina que también formó parte de nuestro mundo compartido, cómo suelta casi sin parecer quererlo....”a mí también me ocurre contigo...”

Resonando: Paper aeroplane_Angus y Julia Stone


* Fotografía: Enzo D.

06 diciembre 2010

La Baker


Por motivos que no vienen al caso, hace unos días le comentaba a una amiga algo sobre Josephine Baker. Me sigue sorprendiendo que siga siendo casi desconocida una mujer que además de un talento tremendo para el baile, el jazz o el swing, incluso para bailar el bebop, peleó de una manera completamente desusada para esa época, con casi todos los prejuicios que existían. Formaba parte de casi todas las "minorías" sobre las que se volcaban, y desgraciadamente aún se siguen volcando, la mayor parte de prejuicios. Era mujer, mulata, del opresivo sur de EEUU de entonces, y se dedicaba a las "variedades" por llamar de algún modo al tipo de espectáculos que ponía en escena, además de ser menor de edad cuando comenzó su carrera.

Desde los catorce años, después de ganar un concurso de baile, comenzó a bailar y cantar en clubs nocturnos, teatros de variedades...y a los dieciocho años actúa por primera vez en el Cotton Club de Nueva York, el local que era casi una cima del jazz en los años veinte en Estados Unidos. Pero los criterios morales que la sociedad norteamericana de esos años manejaba y, quizá, una actitud casi hiperactiva, la llevan a Europa, a los felices años veinte europeos que todavía casi no podían ni siquiera sospechar los terribles treinta y cuarenta que se avecinaban. Y qué mejor lugar para una personalidad inquieta, con un dominio absoluto del baile, la voz, su propio cuerpo, y el exotismo a la hora de moverse que el Folies Bergère de París. A partir de ahí su dinámica ya es explosiva, comienza a actuar en películas, posa como modelo y pin-up, monta su propio club, cualquier sala que se precie de serlo quiere contar con sus actuaciones...la segunda mitad de los años veinte y casi todos los años treinta están rodeados, en lo musical de ella.

Además de una voz extremadamente peculiar para cantar los temas de jazz, pero casi perfectamente diseñada para adaptarse al swing, o a los temas ligeros que también grabó, su modo de bailar, y sobre todo, la fina ironía con que mostraba, casi de manera despreocupada, su cuerpo fibroso y muy delgado para los estándares de aquella época, exudando una sexualidad salvaje casi en cada movimiento, la convirtieron, desde ciertos puntos de vista, en casi un espectáculo exótico. Sin embargo, en ningún momento parece que ella recelase, sino más bien lo contrario, aprovechando esa visión parcial que se tenía por entonces de lo extravagante, y añadiendo en sus números o películas un gran volumen de referencias africanas, árabes, en los ropajes, en los decorados de sus filmes, en las historias que contaba o cantaba, sin olvidar una cierta mezcla del vaudeville o la revista musical (los plumajes, la brillantina, el maquillaje...).

Por si no fuese suficiente, durante la segunda guerra mundial vuelve a Europa, y acaba formando parte de la resistencia francesa, peleando, en cierta parte desde su terreno, la diversión, la música, a hacer más soportable para los soldados aquellos años terribles. Durante finales de los cincuenta y sesenta siguió actuado en París y volviendo de vez en cuando a EEUU, finalmente detuvo en Cuba y realizó una gira mundial para finalizar su carrera.

Todo en ella acaba resultando fascinante cuando se mira con un poco de detalle, su conciencia social, su valentía, su talento, su capacidad para reinventarse y enfrentarse a lo establecido, al miedo de varios años acumulado en los bolsillos de miles de personas que con un mundo deprimido por la guerra, la crisis del 29, la miseria, las desigualdades y los prejuicios enormes entre clases, era casi un erial de creatividad, experimentos creativos e innovación. Pudo con eso y con todo lo que le salió a su encuentro, y sin embargo a estas alturas apenas es conocida, admirada, o simplemente una más entre las "divas" que en esas tres décadas que van de los treinta a los sesenta afloraron para hacer de la música algo todavía más grande. Sin embargo, resulta casi un modelo renacentista de talento en diferentes disciplinas.

Para verla, como siempre, Youtube es una fuente magnífica para recuperar aquellas cosas que no sabíamos que podíamos tener al alcance de la mano y poder recrearse en ello.

Escuchar, por ejemplo, "La petite Tonkinoise", puede convertir una mañana cualquiera en algo cálido, acogedor, una muestra casi artesanal de lo que conseguía hacer con su música y su personalidad Josephine Baker.

Resonando: La petite Tonkinoise_Josephine Baker

09 noviembre 2010

Como en un cómic...


Miraba las luces de la ciudad desde el lado más cálido de los ventanales. Lo hacía a ratos, como si suspendiese la observación momentáneamente para quedarse detenido en el fondo del vaso que tenía delante, lleno de cubitos de hielo y de boca ancha. La ciudad extraña parecía latir frenética a lo lejos, entre ese cúmulo de luces de tonos diferentes y sin embargo como formando parte de la misma subescala cromática, mientras en la barra de aquel elegante hotel apenas cuatro o cinco personas se dejasen devorar por las manecillas de cualquier reloj.

La camarera le había visto nada más llegar, pero él no había sido capaz de reparar, no había levantado la vista lo suficiente, en ella. Simplemente había musitado la bebida que deseaba y había esperado a que se la sirviesen. Ella terminó de preparar dos combinados y miró de reojo a aquel tipo que seguí como atrapado entre el vaso de cristal caro y el horizonte iluminado de la ciudad.

Le había llamado la atención nada más verlo, y no sabía exactamente porqué. Las manos, delicadas, que se movían despacio pero seguras, los ojos que parecían callar alguna historia invisible, el olor a perfume caro pero nada empalagoso que parecía rodearle de un modo sutil, la actitud serena y diligente y sin embargo esa forma de aparentar cierta ingravidez en sus movimientos. Todo el conjunto, poco a poco, le iba pareciendo cada vez más interesante, pero no se acercaba, simplemente prefería mirarle de reojo desde cualquier punto tras la barra.

En un momento determinado él sacó un paquete de tabaco de algún bolsillo de su cazadora y levantó la mirada buscando la aprobación de quien quiera que fuese que estuviese tras la barra, y fue justo en ese instante cuando se percató de la belleza de ella, de sus ojos negros enormes, de los pómulos levemente marcados, de los labios carnosos y el pelo rizado revoloteando con exactitud y cierto desorden alrededor de su cabeza. Ella se acercó con diligencia sobrentendida y al aproximarse pudo escuchar cómo él le preguntaba si allí se podía fumar, en un idioma que no era el suyo, sino el propio del país en que se encontraban. Ella colocó una sonrisa amable y disculpante en mitad de su rostro, y en ese mismo idioma le dijo que no era posible, mientras reconocía casi inconscientemente que aquel tipo era de su mismo país, el acento les delataba a ambos. Tardó sólo unos segundos en atreverse, se giró, se volvió a acercar unos pasos a él, y en castellano (dos apuestas en una, como los grandes jugadores de poker) le propuso salir a una pequeña terraza donde a veces ella salía a tomar el aire. Él le devolvió la sonrisa, y en el mismo castellano, aceptó.

Él le invitó a un cigarrillo, mientras ambos, con leve torpeza, procuraban colocar sus cuerpos adecuadamente, entre la timidez y el descaro contenido, en el pequeño espacio de aquella terraza. Ella, con los ojos puestos en aquel horizonte preñado de luces, ni siquiera tuvo que pensar demasiado para decir algo.
- Cada vez que veo la ciudad así, me imagino que hay miles de personas yendo de un lado a otro, buscando sin saber qué, y me mareo un poco.

Él se apoyó despacio sobre la baranda, con la mirada perdida también en esa sopa de luces, y todavía con una débil mueca sonriente en su rostro.
- Yo me imagino a toda esa gente yendo y viniendo, sus rutinas, sus excepciones, algunos haciendo el amor, otros discutiendo, algunos otros en un silencio gélido, algunos aglomerados en cualquier local, y unos cuantos más solos. Y justo en ese momento, cuando todas esas personas se dedican a lo suyo, desde este punto y lugar, me siento invisible.

Ella mastica despacio las palabras que acaba de escuchar. Le gusta el tono pausado con que habla, como si pudiese generarle una tranquilidad íntima. Respira y abre un poco más los ojos, como queriendo retener con ese gesto, el olor suave de su perfume y el de la ciudad a estas horas en esta época del año, a la vez, como una mezcla apasionante e inesperada de dos olores que han sido capaces de mantenerse independientes entre sí hasta este momento.
- Pero yo puedo verte. Incluso si me lo propongo podría tocarte.

Él apaga su cigarrillo, se gira y acerca su cuerpo al de ella, a escasos centímetros. Ella nota un escalofrío potente alrededor de sus músculos, que se convierte en tornado cuando él aproxima sus labios a su oído izquierdo.
- Entonces dejaríamos de ser la mujer mareada y el hombre invisible. Tú me tocarías para recuperar el equilibrio y yo comprendería por fin, que tú eres capaz de verme.

Ella gira su rostro, y lo deja a escasos centímetros, justo el espacio en que aún se pueden observar con claridad ambas pupilas mutuamente.
- Y nos convertiríamos en ellos, yendo y viniendo, en nuestras excepciones, haciendo el amor.

Resonando: Summertime_Ella Fitzgerald


* Fotografía: Phil Essing

05 septiembre 2010

A qué suena


Hay música para todos los gustos, y para todos los sentidos, ahora que se pregona la crisis, una en concreto que parece llevar durando desde hace varios quinquenios, se escucha más música que nunca, y casi resulta extraño caminar por una acera del centro de la ciudad y que más de una persona seguida no lleve auriculares. Y entre todos esos océanos existe música de todos los colores, música enlatada para digerirla como las hamburguesas o las películas con muchos efectos especiales, sin pensarlo ni analizarlo, como si formase parte de cualquier acto cotidiano más, automático, sin capacidad para entregarse al hecho de escucharla.

Y entre todo eso, también hay música tan pretendidamente elaborada que resulta insoportable reconocer en los acordes, en las frases, en la forma de venderla, la pretensión, la sensación casi irónica de la condescendencia del que ha elaborado aquello probablemente pensando que no tenía más remedio aunque no existan oídos lo suficientemente educados para poder asimilar aquello.

Afortunadamente también podemos encontrarnos con mucho más de algo que no es ni lo uno ni lo otro, que solo es, que no es poco, música, que proporciona sensaciones, a cada cual las suyas, con esa diferencial forma en que una misma estrofa, un sonido, un mismo instrumento, puede conseguir despertar tantas asociaciones distintas como personas la estén escuchando.

Sobre algo así se puede pasar una madrugada tenue, larga y lenta como la de cualquier noche de verano detenida en el tiempo, discutiendo con la suavidad del tacto de la piel si esa voz suena como una prenda de ropa al caer contra el suelo, o como un bostezo perezoso al despuntar el día con el salitre disolviéndose en las cortinas de gasa de esa habitación que espera impaciente para traducir adecuadamente a qué suena esta canción.

Resonando: Le monstre_Madjo


* Fotografía: Jonatan Martin

28 agosto 2010

En el espejo...

Alex Majoli_Woman in Mirror
Lo he comentado en más de una ocasión, pero me sigue apasionando la voracidad visual con que nos relacionamos actualmente con casi todo. Del mismo modo que antiguamente la imaginación se alimentaba casi exclusivamente de lo oral, de los contadores de historias, de los cuentos, relatos, incluso las noticias, ahora dependemos voluntaria o involuntariamente, de una imagen, de un vídeo, nuestras charlas más banales o incluso las más profundas, acaban partiendo de lo visual.

Hace unas cuantas semanas me crucé por azar (siempre el azar, claro), con una fotografía que me sugirió una historia, con esa tendencia a imaginar a partir de un instante congelado sin aparente contenido más allá de lo puramente visual. Una imagen que, aparentemente, no comprende ninguna noticia de portada, no refleja ningún conflicto ni tragedia, no muestra a ninguna celebrity, no ilustra ninguna publicidad, ni recoge un delicioso horizonte para un catálogo de viajes. No he conseguido aún saber de dónde viene, si forma parte de un reportaje mayor con un tema que lo hile, o es una fotografía única que no forma parte de nada más. Inicialmente ni siquiera supe quién era el fotógrafo, si realmente era un profesional o aquella imagen era un simple retazo de alguien anónimo que deja una foto en la red y acaba girando sin sentido por diferentes sitios habiendo nacido en la intimidad anónima de una noche cualquiera.

Mostraba un instante sencillo, cotidiano, aparentemente despojado de cualquier otra connotación, de una mujer frente a un espejo, maquillándose, recogida entre dos bordes de oscuridad frente al tenue brillo que enmarca el quicio de la puerta de un baño, un brillo sepia que lanzan dos bombillas y un espejo frente a la posición de la cámara, parapetada en la oscuridad de un pasillo, que dota al espectador de la sensación de voyeur precisa para detenerse, como el fotógrafo, a contemplar la familiar intimidad de una mujer en el momento en que comienza a maquillarse. Pero contenía algo, muchos detalles inconexos de repente unidos por la imaginación y la deducción desnuda, que invitaban a contemplar aquella imagen con más detenimiento para arrancar con más potencia la historia que la imaginación había intuido inicialmente al toparse con ella.

Una mujer morena, de pelo rizado levemente desordenado cayendo por su espalda, cuyo rostro se puede ver no directamente sino como reflejo en el espejo, de la que se intuye un rostro aún apenas tocado por el maquillaje, quizá en esos primeros segundos en que ese acto relativamente cotidiano, se inicia. Pero los detalles, los elementos accesorios de la imagen fueron los que trastocaron la breve historia que empecé a imaginar a partir de la primera impresión de la foto. Hay un neceser abierto sobre la tapa del inodoro, las bombillas sobre el espejo sugieren un camerino, y sin embargo las cortinas de la ducha, de la que apenas se intuye un pequeño pedazo a la derecha de la figura femenina, y lo que quizá parece un tubo de dentífrico sobre una pequeña jabonera bajo el espejo convierten lo público en privado, lo confunden, reflejando una mezcla algo caótica de rutina y excepcionalidad, como si no quedase clara la relación temporal entre ese pequeño habitáculo y su ocupante, como si no hubiese una pista concreta ni potente de la que deducir el grado de temporalidad de esa mujer en aquel baño, como si no fuese un local público, y sin embargo ella si estuviese de paso allí dentro, más aún por la indumentaria que lleva, una camiseta de tirantes ajustada, negra, que contemplamos por detrás, sobre una piel sepia por el tamiz de la imagen, pero que intuimos blanca, natural, sin rozar por el sol, probablemente en mitad de un invierno largo en un lugar apartado de la costa, una falda minúscula, de colegiala, que no muestra nada pero sugiere mucho, apenas quince o veinte centímetros de tela con breves tablas que enmarcan unas caderas explosivas, tensas, jugosas y deliciosas, una anticipación de los muslos que, esta vez sí, no hace falta intuir porque se pueden ver claramente, quizá lo único obvio en toda la fotografía, una piel tersa y visualmente dura, en ese punto de madurez fronteriza entre los veintimuchos y los treintaypocos probablemente, y finalmente, como deleitándonos con la indulgencia mezclada entre la fugacidad y la constancia, dándonos más mensajes equívocos de la relación temporal de la mujer con la estancia, unas botas claras, con un tacón grueso intuido y una caña alta que deja la rodilla a unos escasos diez centímetros por encima de su borde.

Un instante, y decenas de detalles que se contradicen, una imagen que nos dota de complejidad un segundo perdido en cualquier noche invernal en cualquier lugar. Y la imaginación dejando crecer una historia que parte de algo tan cotidiano, tan intemporal y a la vez exclusivo y único como una mujer frente a un espejo. Y el azar, siempre el azar, diciéndome hoy, que se trata de una fotografía profesional, de Alex Majoli, una imagen desconocida para mí de un fotógrafo de la Agencia Magnum al que descubrí hace años con un reportaje completamente opuesto.

Y la imaginación alimentándose de lo visual para hacerme empezar a desliar una historia.

Resonando: Hot toddy_Usher ft. Jay-Z


* Fotografía: Alex Majoli