
En ocasiones tendemos a creer casi a pies juntillas, y sin pararnos a recapacitar un sólo segundo, algo que ha llegado a convertirse en un cliché, en un tópico, en frase hecha...como la infinita capacidad de los copos de nieve para ser diferentes entre sí, que parece ser el paradigma de las referencias cuando de singularidades hablamos. O analizándolo desde otro punto de vista, no somos conscientes de que las verdades más universales, pueden ser enormes errores de cálculo, que con el paso del tiempo se quedan sedimentadas en la conciencia colectiva hasta que llega alguien y demuestra su error. Todo evoluciona, especialmente el conocimiento, y la mente de uno debe ser lo suficiente permeable para adaptarse a los cambios, especialmente en uno mismo.
A partir de una referencia de una revista, conocí el personaje de Wilson Bentley (al que se conoce como snowflake man). A los diecinueve años, con un sentido más artístico que científico, comenzó a fotografiar copos de nieve, intentando deleitarse con las diferencias entre cada uno de ellos, dejando constancia de no haber encontrado jamás, entre más de 5300 fotografías, ninguno igual a otro.
Además del tema puramente estético de la ausencia de similitudes entre dos copos de nieve, es importante resaltar que estamos hablando de finales del siglo XIX, y de fotografía microscópica, es decir, que para llegar a tener algo entre las manos sobre su obsesión, tuvo que experimentar y buscar el modo de poder realizar fotografías microscópicas en un periodo donde ni mucho menos se disponía de lo que ahora nos parece común. Fue capaz de adaptar un microscopio a una cámara, y finalmente consiguió obtener fotografías reales de copos de nieve.
A partir de ahí siguió buscando nuevas formas, y probablemente, se unieron en su dedicación, el afán de ser capaz quizás de conseguir encontrar dos copos iguales, a la vez que la satisfacción intensa de ser capaz de descubrir formas matemáticas en cada una de las fotografías que tomaba, aunque no fuese consciente de ello (su diferencia tiene, dentro de ella, la similitud de la hexagonalidad). Entre miles de tópicos que juegan con esas ideas, se encuentra por ejemplo el copo de nieve gigante que cada Navidad coloca el ayuntamiento de NY en la quinta avenida, que influido por el personaje antes comentado, acabó formando una tradición que ahora "pertenece" a UNICEF.
Pero bajo todo ese esfuerzo fotográfico, y los miles de fantasías que esa breve idea de diferencia entre cada uno de los copos de nieve han ungido cuentos, relatos, sueños, o incluso alguna que otra campaña de publicidad, la realidad parece, a mi modo de verlo, mucho más interesante aún que ese mito.
Desde el año 88, una científica especializada en fenómenos atmosféricos, Nancy Knight, descubrió por casualidad, como suele ser habitual, en un viaje por Wisconsin para la NCAR (National Center for Atmospheric Research) dos copos de nieve idénticos, absolutamente iguales. A partir de ahí, y ya dedicando los esfuerzos a ese pequeño detalle concreto, comprobó que todos, absolutamente todos, los copos de nieve nacen siendo idénticos, y que son las infinitas combinaciones de humedad, temperatura, presión, velocidad, turbulencias...desde que nacen hasta que tocan el suelo, lo que los hace convertirse en únicos al tocar la tierra.
Las verdades universales, y mucho más en tiempos como estos, son probablemente lo más falso que existe, uno puede encontrarle varias lecturas a lo que he escrito, desde perspectivas más científicas, más personales, más filosóficas, pero a fin de cuentas, esa es la única verdad que muestra, que no hay ninguna, y nada más sano para nuestro propio cerebro, que asumirlo y disfrutar de cada copo de nieve.
Resonando: Crystal clear_L.A.
A partir de una referencia de una revista, conocí el personaje de Wilson Bentley (al que se conoce como snowflake man). A los diecinueve años, con un sentido más artístico que científico, comenzó a fotografiar copos de nieve, intentando deleitarse con las diferencias entre cada uno de ellos, dejando constancia de no haber encontrado jamás, entre más de 5300 fotografías, ninguno igual a otro.
Además del tema puramente estético de la ausencia de similitudes entre dos copos de nieve, es importante resaltar que estamos hablando de finales del siglo XIX, y de fotografía microscópica, es decir, que para llegar a tener algo entre las manos sobre su obsesión, tuvo que experimentar y buscar el modo de poder realizar fotografías microscópicas en un periodo donde ni mucho menos se disponía de lo que ahora nos parece común. Fue capaz de adaptar un microscopio a una cámara, y finalmente consiguió obtener fotografías reales de copos de nieve.
A partir de ahí siguió buscando nuevas formas, y probablemente, se unieron en su dedicación, el afán de ser capaz quizás de conseguir encontrar dos copos iguales, a la vez que la satisfacción intensa de ser capaz de descubrir formas matemáticas en cada una de las fotografías que tomaba, aunque no fuese consciente de ello (su diferencia tiene, dentro de ella, la similitud de la hexagonalidad). Entre miles de tópicos que juegan con esas ideas, se encuentra por ejemplo el copo de nieve gigante que cada Navidad coloca el ayuntamiento de NY en la quinta avenida, que influido por el personaje antes comentado, acabó formando una tradición que ahora "pertenece" a UNICEF.
Pero bajo todo ese esfuerzo fotográfico, y los miles de fantasías que esa breve idea de diferencia entre cada uno de los copos de nieve han ungido cuentos, relatos, sueños, o incluso alguna que otra campaña de publicidad, la realidad parece, a mi modo de verlo, mucho más interesante aún que ese mito.
Desde el año 88, una científica especializada en fenómenos atmosféricos, Nancy Knight, descubrió por casualidad, como suele ser habitual, en un viaje por Wisconsin para la NCAR (National Center for Atmospheric Research) dos copos de nieve idénticos, absolutamente iguales. A partir de ahí, y ya dedicando los esfuerzos a ese pequeño detalle concreto, comprobó que todos, absolutamente todos, los copos de nieve nacen siendo idénticos, y que son las infinitas combinaciones de humedad, temperatura, presión, velocidad, turbulencias...desde que nacen hasta que tocan el suelo, lo que los hace convertirse en únicos al tocar la tierra.
Las verdades universales, y mucho más en tiempos como estos, son probablemente lo más falso que existe, uno puede encontrarle varias lecturas a lo que he escrito, desde perspectivas más científicas, más personales, más filosóficas, pero a fin de cuentas, esa es la única verdad que muestra, que no hay ninguna, y nada más sano para nuestro propio cerebro, que asumirlo y disfrutar de cada copo de nieve.
Resonando: Crystal clear_L.A.
Referencias:
"All Alike". Adam Gopnik. The New Yorker. 3 Enero 2011.
"All Alike". Adam Gopnik. The New Yorker. 3 Enero 2011.
Fotografía:
Wilson Bentley. Comienzos de siglo XX.
Wilson Bentley. Comienzos de siglo XX.