06 diciembre 2011

Una luciérnaga en la palma de la mano

A veces nos equivocamos, incluso aunque pretendamos lo contrario en el fondo, lo que se ve es un error, enorme, de dimensiones gigantescas y brutales, una de esas cosas que convierte tu saliva en óxido y no se podría eliminar del paladar ni con alguno de esos productos tan estupendos que incluso sus anuncios promueven la sexualidad desenfrenada. A veces puedes mantener tu senda años y años, dar pasos lentos y cuidadosos para mantener el equilibrio, despacio, para no marearte en algún movimiento brusco, buscando una luz que sabes que se esconde en algún punto discreto y velado del bosque de alimañas y material de derribo. Y cuando la atisbas, cuando tienes la suerte de ver primero el reflejo, como si no lo hubieses visto, porque parece que sólo ha titilado unos instantes para desaparecer, entonces echas a correr, como si de repente fueses tan torpe como para olvidarte de que conseguiste llegar a esa luz precisamente caminando con cuidado hasta conseguir el equilibrio, como los bebés aprenden a caminar, despacio, gateando quizá primero, asiéndose a cualquier elemento que pueda darles estabilidad, hasta conseguir la fortaleza de ánimo y seguridad necesaria para echar a andar. Y cuando te olvidas de eso, entonces estás perdido, el error te ha rodeado, te has equivocado, y entonces conviene escuchar y asumirlo. Escuchar a la bola pegajosa y ponzoñosa de la boca de tu estómago, a las lágrimas invisibles que te aderezan los labios y se esconden como las tortugas bajo su caparazón, a las referencias que te mantienen siempre, desde hace casi siglos, en pie y te sostienen cuando el viento sopla de sotavento o los truenos descascarillan el barco, cuando las brújulas se desimantaron, o cuando la pleamar dejó los restos de un naufragio entre las costuras de los bajos de algún pantalón. Dicen, algunos que saben, y quizá algunos otros que no, que poder observar de cerca una luciérnaga es un ejercicio complicadísimo, pero que si tienes la suerte de hacer, lo que debes hacer es tomarla en la palma de la mano, y cuando eche a volar, aspirar el olor de la mano, para poder entender la enorme suerte que uno acaba de vivir. Por eso uno debe aprender de sus errores para no repetirlos jamás, y ser capaz de poder volver a disfrutar del olor que desprende una luciérnaga en la palma de la mano.

Resonando: Maldita dulzura_Vetusta Morla

1 comentario:

Mabel A. O dijo...

las luciérnagas, esas pequeñitas fugitivas que nos dejan su hálito de luz al pasar...son bellísimas y si, se es muy afortunado si se ha tenido una en el hueco de la mano, justo en el instante previo a echarse a volar...